RUIDO

El ruido es una pandemia que normalizamos hace mucho tiempo y que va de mal en peor. No mata gente, pero enloquece y acaba con la esperanza de vida de la gente. Al menos con la mía.

Estoy en Puerto Leguizamo por un tema de trabajo. Me hospedo en un cómodo hotel con vista al majestuoso rio Putumayo. Al fondo una selva frondosa, lo poco que queda de ella, se impone entre la niebla espesa. Sin embargo, este momento es permanentemente interrumpido por sirenas, motos, parlantes con todas las músicas posibles a todos los volúmenes posibles, micrófonos, motores, reggaeton, El Heredero y un huevón en un micrófono que habla mal y feo. 

Hace años no venía por estás tierras, y esto ha cambiado. Para llegar acá se sobrevolaba un brócoli infinito: la selva amazónica. Hoy, en el trayecto entre Florencia y leguizamo, hay más vacas que guacamayas y la fragmentación del bosque es mucho mayor de lo que habría podido calcular en mis pesadillas. 

Esto es un desastre. El pueblo crece, y lo que crece es el comercio. Junto a eso, el ruido. La magia de la selva era, entre otras muchas bellezas, el silencio interrumpido por los murmullos de la naturaleza. Ahora, el ruido invade todo, y con el ruido se van los ainawis y otros encantos de la selva. Los espíritus que cuidaban y que eran, las plantas y los animales, se han ido entre motores, turbinas y parlantes. Ya nada es ni volverá a ser como antes. No pudimos detener está debacle. Cambiamos la selva y su silencio conmovedor por utilería de plástico, textiles, metales, explotación de recursos, personas, ríos y dimensiones espirituales de las que somos muy poco conscientes, pero que existen. No hay ainawis que aguante 7 parlantes simultáneos a todo dar. Solo un apagón nos devolverá la paz y el silencio, por un rato. 

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