A mis amigos
Hace unos días entré a mi casa y olía a una mezcla entre sampic tropical, cebolla larga y naranjas dañadas. Fue como entrar a un supermercado de pueblo de la costa. Me sentí por un momento en el mercadito del Carmen, se me olvida cómo se llamaba, era uno que quedaba entre calles embarradas cerca de Drogas la rebaja, en el centro, el único supermercado que existía antes que llegaran el ARA y la Olímpica. En ese mercado vendían unas arepas muy buenas que yo me comía feliz, hasta un día que encontré una mosca muerta dentro del empaque. Fue un día triste para mis desayunos. Ese lugar, al que nunca volví gracias a la mosca, olía a límpido con cebolla larga. La llegada de la olímpica cambió mucho la dinámica del pueblo, fue lo más parecido a tener un mall para faranduliar. Allá me la pasaba yo metida los fines de semana por varias razones: el aire acondicionado, el café de máquina, y porque podía ver cositas y salir un poco de la casa, compré miles de calzones y chancletas en esa temporada, para justificar mi visita al lugar debía salir con una bolsa. Así es la vida en los pueblos, uno se rebusca cosas que hacer porque hay tiempo, a veces uno no sabe ni qué hacer con tanto tiempo. Qué privilegio. No sabía yo el tesoro que tenía entre manos en ese entonces. Tiempo, una hamaca, y tiempo para disfrutarla. También en Valledupar tenía una hamaca en cada cuarto, una en el que estaba el aire acondicionado y otra en la que estaba el balcón. No joda, qué privilegio tenía entre manos, tenía casas cómodas, hamacas, y tiempo pa disfrutarlas. Tesoros.
En el apartamento desde el que escribo esta noche tengo un bonito patio con cientos de plantas y mucha luz, un lugar ideal para tener una hamaca, pero la descolgué hace meses porque sólo acumuló tierra. Nunca pude disfrutarla. No me da la vida para nada más que estar tecleando vainas en el computador y el teléfono. No la pude disfrutar. Hoy entiendo, con más claridad que nunca, que esto no es vida, es supervivencia. La vida así ni es vida ni tiene sentido. Glenda me diría que uno siempre encuentra de qué quejarse, y tal vez tenga razón, pero yo quiero pensar que no, que es posibe encontrar un equilibrio y una vida de la que uno no se queje. Hace rato siento que no tengo tantas claridades, pero tal vez hoy estoy redescubriendo una, quiero para mi vida una rutina que me permita tener momentos de pausa en aboluta calma y sin culpa. Quiero volver a disfrutar el placer de cortar una papaya en el desayuno y comérmela sin prisa, quiero que eso no tenga que pasar a las 5 am para que me alcance el tiempo, sino que pueda darse dentro de plazos y rutinas agradables, pausadas, en las que almorzar sea un momento de placer y un derecho que se respeta, no un espacio más del trabajo.
En estos días extrañé esa cotidianidad pausada de esos pueblos. Una vida en la que desayunar papaya no es un pecado, y en la que uno puede almorzar en la casa y hacer siesta tranquilo, sin que el reloj del trabajo y las obligaciones sean una sentencia de vida o muerte. No estudié medicina, soy antropóloga, estudié desarrollo rural, nadie se va a morir con el corazon abierto si yo paro a comer o a tomarme un café con una amiga, pero me dejé llevar por una dinámica de vida que me está acabando el sistema nervioso. Será imposible salir de aquí?
La entrada se llama A mis amigos porque las últimas dos semanas he estado viendo a mi gente, amigos entrañables, oyendo sus historias, tomando café, vino y cerveza y poniendome al día de sus vidas, tengo derecho a hacerlo. Por qué dejé de hacerlo?
Por qué debo salir con los perros al trote para volver a conectarme a reuniones?
Por qué permití que esto pasara?
Mis amigos, en dos semanas, resolvieron con amor y generosidad temas que no me dejaban dormir. Como los veo tan poco, y no había hablado con casi nadie sobre mis angustias y pensé que tenía que resolverlo todo sola, pues llevaba el peso del atlas en la espalda. Y en las últimas dos semanas, mis amigos y también mi familia, han ayudado a resolver la mudanza, la número 25, han recibido mis plantas y me han escuchado con amor y comprensión. Por qué dejé de verlos?
Tiempo y juventud, divinos tesoros.
En el señor de los anillos Gandalf le dice a Frodo: "Todo lo que tenemos que decidir es qué hacer con el tiempo que se nos da" ... yo, hoy, quisiera "perder" tiempo echando globos en una hamaca, y no tener la vida empeñada a otro para pagar cuentas.
Tiempo, divino tesoro, quiero tiempo para ir a cine, dormir, cocinar, ir a clases de cocina, leer, salir con mis perros, contemplar árboles, hacer paseos, ver amigos, ver a mi familia, conversar, tiempo para estar acompañada y tiempo para estar a solas, tiempo para meditar, para caminar, para cantar, para reirme, tiempo para visitar a mis tías y a mis primas. Tiempo, divino tesoro, quiero tiempo para tomar el sol, para ver llover, para oir el viento, para meterme al mar, tiempo para conocer nuevos lugares y visitar lugares conocidos, tiempo para hacer planes, para recibir mensajes divinos que pinten nuevos planes... Tiempo... quiero tiempo para mi...
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