Jaime Bayly y otros asuntos limeños

Una de las cosas que caracteriza mi vida en Lima es el poco tiempo y dinero que estoy invirtiendo en cuidar mi casa, y en apoyo doméstico. Ahora mismo, por ejemplo, se me acaba de quemar una tortilla de maíz, y me ha pasado con frecuencia. De hecho, la vecina de abajo ha salido a gritar por la ventana más de dos veces porque en mi cocina se carbonizaron el pan, el arroz, y alguna que otra cosa, y queda el patio compartido oliendo a humo. Una visita que recibí en estos días me preguntó qué íbamos a comer si en mi nevera solo había agua y un par de bananos negros.  La misma persona observó también que, si no fuera por la hamaca, la casa parecería inhabitada. En su opinión, hay Airbnb mejor decorados y personalizados que este espacio minimalista en el que vivo hoy, y señaló, además, que eso es característico de los migrantes y que puede ser una señal de estar a la defensiva. No le refuté nada, me reí. 

La verdad es que todo esto responde a una decisión consciente de la que me siento profundamente orgullosa. Los que conocieron mi ultima vivienda en Bogotá, saben que ese apartamento de más de 137 metros cuadrados estaba lleno de cosas: muebles, chécheres, vainas de cocina, libros, papeles, plantas, mercado. Mi vida en ese apto requería una inversión de tiempo, energía y recursos enorme para mantenerlo así de divino como se ve en las fotos. Lo llené de vainas, pues terminé de reunir mis muebles, herencias, regalos y objetos de diversas procedencias - que he acumulado en mi vida y que estaban repartidos literalmente por el mundo - después de mis 26 mudanzas, y porque éramos una familia completa, con muchos invitados. Un día, y creo que esto no se lo he confesado a nadie, me comenzó a pesar esa estructura. Me dió escozor sentirme atada a un andamiaje físico tan pesada. Me comenzaron a pesar las cosas. Cada objeto que uno tiene en su casa implica una inversión de tiempo y energía, que yo ya no quería dedicar a limpiar, ordenar, mover, pensar. Comencé silenciosamente a vaciar espacios, a botar papeles, a regalar cosas, a entregar reciclaje. Luego comencé a comentar mi incomodidad con los bienes materiales, y le pedí a mi familia, explícitamente, que no me regalaran ni un objeto más. Tal vez me pesa el espejo de ver la casa de mis abuelos maternos sostenida como un museo sobre los hombros agotados de mi tía. Cada minuto y centavo que tiene se van en mantenimiento y limpieza de cada rincón de ese enorme espacio, lleno de papeles y recuerdos que nadie ha reclamado en décadas. 

No estoy viviendo en una casa sucia, al contrario, hacer la limpieza se convirtió en una tarea rápida que me implica solo algunas horas por semana. Tengo pocas cosas y vivo súper cómoda. De hecho, acá también he comenzado a regalar y donar las cosas que traje a cuestas en esas maletas desde Colombia. Desocupar el apartamento de Bogotá me tomó meses. Pero me ocupé de ese trasteo con profunda consciencia, porque mi cuerpo y mi alma necesitaban liberar pesos. Mis tías, mis amigas, mi mamá, mis hermanos, mis sobrinos, todos ayudaron a llevarse alguna cosita. Recuerdo que me propuse que cada día debía salir al menos un objeto. Mis amigas más queridas heredaron las plantas, que fue lo que más trabajo me costó soltar. Anita, que me ayudó el día que empacamos el "buffet", no podía dejar de reírse y  burlarse de mi porque salian maricadas y maricadas y maricadas de ese armario, como si no tuviera fondo. Refractarias, copas, vasos, platos, cubiertos, que usaba mucho o poco, fueron debidamente embaladas y empacadas en una bodega que pienso desocupar sin piedad en enero del año entrante, porque no pienso guardar nada que no esté en uso, ni gastar plata en bodegas. Atentos pues a la feria de las pulgas que se vendrá. Los únicos objetos que sí quiero conservar son los libros, eso no pienso volver a regalarlo, pese lo que pese. Los libros tienen otro significado político en mi vida. 

Siento que esta urticaria con el peso viene de ese espejo que les menciono, pero hacerlo, justamente, me lleva a la siguiente reflexión. Hablo de Jaime Bayly en el nombre de esta entrada porque me encanta leer sus columnas del dominical en el el diario El Comercio (que sería un equivalente a El Tiempo de Colombia). Me encanta. Desde hace mucho tiempo leo sus columnas, pero ahora las disfruto en el ambiente del que habla y entiendo un poco mejor sus códigos y referencias. La de ayer hacía mención a la dificultad de este tipo de confesiones sobre la familia como las que hago yo en este blog, él en sus columnas o en su novela aún no publicada "La Sagrada Familia". Dice que le aterra de la posibilidad de publicar esa novela, que su mamá y hermanos le dejen de hablar porque los expone en público. Se imaginarán que Jaime Bayly tiene más lectores que yo. Convengamos, acá son 37 almas, incluidos mis sobrinos, su madre y un par de primas. Y creanme que algunas veces me da pudor comentar ciertas cosas porque me siento un poco observada. Jamás le compartiría este blog a mis hermanos porque no me dan ganas de saber qué opinan de mis escritos. Además creo que no entenderían muchos de mis códigos. Ni qué decir de mi mamá o mis tías (paternas, maternas, extendidas). Jamás me sometería a una conversación familiar sobre este blog. Porque es mi espacio terapéutico en el que me permito confesarme a mí misma que no llamo a mi mamá porque me cansan sus quejas. Que no quiero tener 67 juegos de copas porque no me quiero volver vieja como mis tías limpiando vidrios amarillentos. Que no he podido con un matrimonio decente porque me acompañan muy malos ejemplos de cosas que no quiero repetir en mi vida. 

Entonces, entiendo al señor Bayly. Pero también entiendo su deseo de ver esa novela publicada, porque, dice él, el arte es eterno y las familias pasan. El comienzo de la columna es de una escritura bellísima. No me importa tanto lo que dice, sino cómo lo escribe. Es uno de mis placeres del domingo, con un café muy caliente, en el parque de la esquina de mi casa. 

El domingo en la mañana en ese lugar es uno de mis nuevos espacios sagrados. Y, para poder terminar de elaborar mis contradictorias maneras de relacionarme con estas personas que entran en mi vida, he comenzado a hacer una lista de mis momentos, espacios y atributos que embellecen y enriquecen mi vida. Me di cuenta anoche, en una crisis de ansiedad monumental, que buena parte de mis problemas al entrar en una nueva relación es que le pido al otro que me ofrezca y me incluya en una linda vida. Y yo ya sé, racionalmente al menos, que eso no se puede así. Que el único encargado de alimentar el jardín de la vida de uno es uno mismo. Que no hay nada ni nadie, ni siquiera la familia, que tenga la capacidad de hacerle a OTRO la vida linda. Eso es una responsabilidad propia, y es intransferible. 

Ando en eso. Tratando de hacer mi lista de la belleza de mi vida. Pensando y planeando qué es para mi una vida linda, lo cual incluye, sin duda alguna, más entradas en este blog. También incluirá más baile, más fiesta, más comidas (compraré mercado, aunque tengo habas fritas y galletas, además de un par de frutas, suficiente pa´ llenarme). Mi vida ideal y soñada implica más baños de mar y sol, de río, de risas, de campo, de gente, de historias y de montañas. Para eso, ciertamente, no necesito un armario de madera fina lleno de cositas para atender a las visitas. Así que tenía razón mi alma, y voy por buen camino. 






Comentarios

Entradas populares de este blog

Verdades a medias

El fin de un clan...

Por ustedes ...